PENAL DE OCAÑA: UNAS POCAS PALABRAS VERDADERAS

Como a tantas gentes de su generación, la guerra civil española, vivida angustiosa y plenamente a los veinte años le supuso a María Josefa Canellada, como a cualquier otro que no estuviese ciegamente comprometido en aquel monumental desbarajuste, una reafirmación de su mejor personalidad, de su interioridad más firme y jugosa. La guerra, como experiencia formativa, debe ser reconsiderada, y hemos de empeñarnos en abandonar de una vez por todas los cacareos conservadores o revolucionarios. Es hora de ir mirando con sosiego el fruto de la confrontación de los espíritus, fruto consecuencia de una meditación profunda sobre las circunstancias y sobre las conductas. Y entresacar de esta meditación lo que de valioso pueda sobrenadar al margen de anecdóticas y archisabidas actitudes interesadas. Seguir obstinados en posturas combativas es la mejor manera de minimizar o trivializar el episodio de la guerra civil, que, indudablemente, tuvo su grandeza y su limpia generosidad.

María Josefa Canellada iba muy bien instalada en el camino de la investigación científica. Pero puesta cara a cara con un presente conmocionado, tuvo que pensar sobre el asombro violento de una realidad que echaba por tierra planes y fantasías. Fruto de este meditar es Penal de Ocaña, testimonio insobornable de tal actitud. Penal de Ocaña sonó por primera vez en el ruedo literario español en 1954, con motivo del Premio Café Gijón, donde quedó finalista. Eran aquellos años particularmente difíciles, oprimidos bajo el peso de la victoria, años en los que cualquier escrito que intentase un acercamiento al vencido o un ensayo de comprensión de la realidad trágica de la contienda civil, sin clarinazos ni griterío patriotero, era sencillamente intolerable. En este ambiente, era una pasmosa audacia salir al ruedo nacional, tan encrespado de suyo, con unas páginas donde tales adjetivos no se cotizan, donde la guerra no es otra cosa que una brutal sacudida, gigantesca y dolorosa, que pone en evidencia la condición humana, con su heroísmo y sus lacras, su mezcla desasosegante de grandeza y ruindades.

Penal de Ocaña es novela desde dentro de la guerra misma. La contienda es un armónico inexcusable para una actitud que puede o no puede estar acorde con los valores consagrados en el momento en que viven los personajes, que todos tienen un aquí y un ahora: la pelea, con todas sus consecuencias.  Y el personaje central se levanta precisamente contra eso y exige atención a la realidad humana colectiva, rostros sin cara ni secretos, realidad no épica ni política, sino escuetamente humana de la pelea.

Situado Penal de Ocaña en el centro equidistante de una literatura partidista, apologética o condenatoria, nuestra novela pudo enseñar a sus contemporáneos la lección de la solidaridad y de la confianza gozosa en la vida y en la entrega a una misión generosa. El personaje protagonista, que si se quiere puede representar algo del viejo liberalismo, desaparece sin dejar rastro. Como tampoco lo dejó el libro mismo, ahogado en censuras y zarandajas parecidas. Si este libro hubiese entrado en el pintoresco reparto de las famas, la lotería de los premios literarios, el bulle bulle de las editoriales y seudoeditoriales, los jóvenes españoles habrían dispuesto a lo largo de los años oscuros de la represión blanca, en vez de literatura coja, retraída y palurda por lo general, habrían tenido cerca una voz leal, segura, que afirmaba pertinazmente su fe en el hombre en la sensación clara de vivir, de Ese no sentirse la vida –y darla toda- que es vida plena. (Juan Ramón Jiménez, Segunda Antolojía)

Alonso Zamora. Prólogo a  Penal de Ocaña. Colección Austral. Espasa Calpe. Madrid, 1985).